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Fragmento de "La Facción Caníbal" de Servando Rocha - I

Martes 26 de marzo de 2013. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Texto cedido por el autor para su publicación en Nodo50

"En aquel tiempo, Johanna Southcott, una criada casi analfabeta, entregaba a sus seguidores un sello especial que, aseguraba, les garantizaría un lugar a la derecha del Padre. Un profeta había dicho que cuando aquella mujer cumpliera veinticinco años, la ciudad de Londres sería destruida por la ira de Dios. En 1793, mientras en Francia se declaraba el Terror, Johanna dijo tener sueños premonitorios. En uno de estos, afirmó haber visto descender de los cielos a unos hombres montados a caballo y ya en la tierra comenzar una cruenta batalla. Estaba convencida de que los formidables sucesos de Francia eran el anuncio del segundo advenimiento del Mesías y de la llegada del anticristo. Hay quien afirma que incluso auguró malas cosechas y que predijo el fallecimiento de un obispo en Exeter. El final de los tiempos estaba cerca".

Nota Preliminar: contraseñas

Durante gran parte de su vida Walter Benjamin trabajó en La obra de los pasajes, un titánico e inconcluso proyecto en torno a París. No se fijó en los grandes personajes y lugares de la ciudad, sino en sus ruinas, construyendo una historia de París a partir de rebeliones pasadas, relatos acerca de tipos pintorescos o locos, asesinatos, encuentros azarosos, citas o antiguas pintadas. Durante sus frecuentes paseos sintió como si sus casas no estuvieran hechas para ser habitadas sino para contemplarlas y pasearse entre ellas. Pero lo que más le interesó fueron los numerosos pasajes que, como testigos de otro tiempo, sobrevivían en diversos puntos de la ciudad. Al atravesarlos, el paseante podía ir de un punto a otro, de una época pasada a otra posterior y de un concreto momento emocional a otro distinto. Benjamin escribió centenares de páginas. Se sentía pletórico: había dado con un método.

El trabajo de Benjamin en torno a París tenía que ver con la navegación, donde “los barcos son desviados por el polo norte magnético”. Su objetivo no era otro que encontrar ese “polo magnético”, pero para lograrlo primero debía perderse: “Aquello que para los otros son desviaciones, para mí son los datos que determinan mi curso”, confesó.

Cada época sueña con la siguiente.

Nada desaparece.

La figura del escritor, tal y como hasta el momento la hemos entendido, ha muerto. Es el paseante y solo él quien posee la capacidad para narrar su viaje.

Introducción

—Hace ya algún tiempo que tengo la sensación de que tanto novelistas como terroristas se encuentran inmersos en un juego de habilidad.

— Interesante. ¿En qué sentido?

— Lo que ganan los últimos, lo pierden los primeros. El grado de influencia que logran sobre la conciencia de las masas depende de nuestra decadencia como modeladores del pensamiento y la sensibilidad. El peligro que representan equivale a nuestro propio fracaso a la hora de resultar peligrosos.

— Y cuanto más claramente vemos el terror, tanto menor impacto nos produce el arte.

Don DeLillo, Mao II.

Hamburgo, 17 de septiembre de 2001.

El célebre compositor alemán Stockhausen está ofreciendo una rueda de prensa ante una concurrida audiencia. Ha pasado justo una semana del atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York. De pronto, uno de los periodistas le pregunta sus impresiones acerca del terrible suceso. Stockhausen, posiblemente sin ser consciente del escándalo que estaba a punto de producir, comienza a hablar: “Lo que ocurrió allí fue la mayor obra de arte que jamás haya existido. Que unos espíritus hayan conseguido realizar, en un solo acto, algo con lo que en la música ni siquiera podemos soñar; que unas personas ensayen como locos durante diez años, totalmente fanatizados, para dar un solo concierto y morir luego, es la mayor obra de arte del universo”. Alguien contiene la respiración, para seguidamente hacer correr a toda velocidad su lápiz por la superficie de la libreta de notas. A la mañana siguiente las declaraciones del compositor aparecen recogidas en grandes titulares. Poco después, Stockhausen se vio obligado a precisar sus comentarios: “Es un crimen, por supuesto que lo sabéis, porque las personas que han muerto no estaban de acuerdo. Ellos no venían a ese concierto, desde luego. Y tampoco nadie les había advertido que podían ser asesinados durante su transcurso”. Sin embargo, ya era tarde. Varios de sus conciertos fueron suspendidos e incluso su hija, pianista, declaró que jamás tocaría bajo el apellido de su padre.

Hay quien cuenta una curiosa historia. Mientras las gigantescas moles de hormigón se venían abajo, se encontraban reunidos varios arquitectos de prestigio. Inmediatamente, alguien encendió la televisión. Los rostros de los arquitectos, al presenciar aquel colosal derrumbe, no reflejaban pavor: estaban completamente fascinados. Toda fascinación conlleva necesariamente una parte de deleite. Muchos artistas sueñan con alcanzar ese efecto en el espectador, pero el terror es capaz de lograrlo en un abrir y cerrar de ojos.

Stockhausen no fue el único que realizó una interpretación estética del atentado. El filósofo Jean Baudrillard tampoco dudó en afirmar que “se piense lo que se piense de su cualidad estética, las Torres Gemelas fueron una performance absoluta, y su destrucción fue también una performance absoluta”. Al elevar aquel brutal atentado a la categoría de arte, lo que Stockhausen vino a señalar fue, precisamente, que lo demoníaco, deforme y horroroso puede ser al mismo tiempo bello. Sus polémicas declaraciones recogían una determinada tradición en torno al arte, el crimen y el terror, que se remontaba casi trescientos años atrás, justamente en los años que precedieron a la Revolución Francesa, por lo que, de alguna manera, lo que hizo fue ponerle nombre a esa estética del asesinato en pleno siglo XXI.

Pero lo mejor será que empecemos por el principio…

“La barricada de Saint-Antoine era el tumulto de los truenos; la barricada del Temple era el silencio. Entre ambos reductos existía la diferencia de lo formidable y de lo siniestro. Una semejaba unas fauces, la otra, una máscara. Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio hubiese estado compuesta de una cólera y de un enigma, se notaba al dragón en la primera barricada y, detrás de la segunda, a la esfinge”. Victor Hugo, Los miserables.

Capítulo 1. Los hombres que solo aparecían al caer la noche

En aquel tiempo, Johanna Southcott, una criada casi analfabeta, entregaba a sus seguidores un sello especial que, aseguraba, les garantizaría un lugar a la derecha del Padre. Un profeta había dicho que cuando aquella mujer cumpliera veinticinco años, la ciudad de Londres sería destruida por la ira de Dios. En 1793, mientras en Francia se declaraba el Terror, Johanna dijo tener sueños premonitorios. En uno de estos, afirmó haber visto descender de los cielos a unos hombres montados a caballo y ya en la tierra comenzar una cruenta batalla. Estaba convencida de que los formidables sucesos de Francia eran el anuncio del segundo advenimiento del Mesías y de la llegada del anticristo. Hay quien afirma que incluso auguró malas cosechas y que predijo el fallecimiento de un obispo en Exeter. El final de los tiempos estaba cerca.

***

Nuestro hombre está intentando protegerse de una turba formada por miles de personas, mayoritariamente chusma venida de los peores barrios de Londres y de las afueras de la ciudad. Son tipos sin miedo alguno, rufianes, gente acostumbrada a la carestía y al hambre a los que Lord George Gordon, aristócrata escocés y flamante Presidente de la Asociación Protestante de Inglaterra, ha dado alas. Gordon es el apóstol de una masa de improvisados partisanos, muchos de ellos chavales con poco más de quince años. Saquean y matan, pero también ríen, mientras avanzan imparables bajo una pancarta que reza “No al papismo”, devastando a su paso iglesias y puestos de policía. Están muy cerca; puede verlos calle abajo como si se tratase de un desordenado ejército de desharrapados, gritando y exhibiendo todo tipo de atroces instrumentos de muerte y tortura, toscos objetos reconvertidos en punzantes armas homicidas. Las distancias se reducen. Una zancada les lleva hasta la otra punta de la ciudad, mientras se cruzan con grupos de personas cubiertas de mugre a los que saludan y con los que intercambian mensajes.

Alguien ha congelado esta imagen. Te fijas en algo aparentemente sin importancia: un rostro anónimo, utensilios de cocina doblados que sirven tanto para rozar una pared como para amenazar a un transeúnte, o aquel humo negro que se vislumbra a lo lejos, en lo alto de aquella torre. Multitudes. En cada movimiento intentas descubrir algo cercano y también tuyo. Las escenas de guerra y odio se suceden. El gesto de agacharse y golpear un pavimento que no resiste, la desolación del paisaje urbano tras cruzar Theobalds Road hasta Drake Street, los últimos vistazos en dirección a la calle por parte de unos asustados moradores que no dormirán esta noche ni tampoco la siguiente.

Entonces, los alborotadores desfilaban con sus rostros descubiertos.

Los escasos carruajes avanzan por la ciudad a gran velocidad. En su interior hay tipos apesadumbrados que huyen del Parlamento, o católicos que ocultan su atuendo. Tu único pensamiento válido -un alivio momentáneo, el comienzo de un plan para restablecer el orden y luego ajusticiar a los culpables- es ver en toda esta locura la mano negra de agentes franceses o americanos, que habrían armado a la multitud y mezclado entre los manifestantes a decenas de provocadores. Como un gesto automático, tuerces la cabeza en dirección al cielo, puedes sentir el fuerte olor de los incendios, el papel quemado de bibliotecas y archivos -deben desaparecer los nombres y las anotaciones de impuestos, las condenas y los antecedentes, porque todo crimen aspira a ser perfecto- junto a la estructura de madera de una residencia privada. Las capillas de Sardinia y Bavaria son saqueadas y sus archivos esparcidos por la calle. Los soldados han desaparecido -muchos desertan y un par de cañones han sido robados a la altura de Newgate- y los guardias abandonan sus puestos de vigilancia, sonriendo con disimulo al paso de las bandas callejeras. Son objetivos muchas veces improvisados, aunque hay quien dice que circulan pequeñas listas con direcciones de monasterios y casas de católicos. En Westminster, poco tiempo antes Gordon inicia su intervención dirigiéndose al Primer Ministro: “Lord North, te llama la turba…”.

Cerca de allí, el poeta William Blake camina por Great Queen Street. Sin duda, ha elegido el peor de los días para ir a visitar el pequeño taller de su antiguo maestro Basire. En su camino se encuentra con decenas de personas que van y vienen en busca de algo impreciso. De pronto, ya no estamos ante el hombre sino frente al poeta. Y entonces… sueña: “Camino por todas las calles con fuero / junto al lugar donde fluyen los privilegios del Támesis / y observo en todas las caras que veo / signos de debilidad, signos de congoja / En cada lamento de cada hombre / en el grito de miedo de cada niño / en cada voz, en cada pregón / escucho los grilletes forjados por el pensamiento / Cómo en el lamento del deshollinador / desmaya cada Iglesia oscurecida / y el suspiro del soldado desdichado / corre como sangre cayendo de los muros de Palacio”. No se siente un solo hombre, ahora se cree parte de un ente colectivo, una pieza más de ese rugido caótico producido por cientos de rostros ennegrecidos dispuestos a lo que sea. Blake se suma a aquel dialecto extraño, de frases incompletas y de felicidad, pensando que tal vez este es el lugar donde todo parece empezar. “En los abismos del infierno, un espantoso cambio amenazó a la Tierra”, dirá varios años después.

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