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El espíritu de nuestra época entre civilización y barbarie

Martes 3 de febrero de 2015. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Borroka garaia da!

Racismo, Alienación y Emancipación en el Pensamiento de Frantz Fanon

Frantz Fanon lo expresó en términos cristalinamente claros: El racismo no es un fenómeno ‘innato’ en los hombres, ni tampoco una disposición psicológico-mental. Es una forma de discriminación social que va de la mano con la aniquilación cultural, la dominación política y la opresión militar de los pueblos colonizados en el marco de la explotación económica capitalista del hombre por el hombre, del Tercer Mundo por los países metropolitanos. Históricamente y desde la aparición del capitalismo, el racismo ha cumplido una función vital para el sistema. Ha proporcionado y sigue proporcionando la justificación de los genocidios cometidos contra los pueblos del Tercer Mundo en el paso arrollador y aniquilador del capitalismo europeo-occidental. Con el ‘argumento’ de una ‘misión civilizadora’, basada en la supuesta ‘superioridad’ de la ‘raza blanca’, ha justificado, ayer y hoy, la intervención brutal y directa de los países metropolitanos en los asuntos de sus ex colonias en perjuicio y detrimento de sus poblaciones. Es por eso que no se puede ser racista inconscientemente, como sostiene Fanon. El racismo tiene método. El racismo es un método. Es un método de explotación, dominación, subyugación y deshumanización. Está en todas partes para cumplir su misión nefasta: justificar las ‘nuevas guerras del siglo XXI’ que no son otra cosa que las viejas guerras del siglo XX con un disfraz distinto, libradas por los recursos naturales estratégicos y el acceso a mercados. Al mismo tiempo, el racismo impide que se conozca la razón de fondo de estas guerras, esto es, la producción capitalista de ganancias a toda costa que camina sobre cadáveres y mientras tanto, sobre planetas enteros.

En la dinámica del proceso de descolonización de los años 50 y 60 del siglo pasado, enmarcado en la confrontación de los bloques, se respiró un aire de cambio que quedó captado por el Zeitgeist de aquella época, que oscilaba entre el principio de la coexistencia pacífica, de un ‘tercer camino’ y el de la contra-violencia emancipadora, de la ruptura categórica con un mundo esencialmente inhumano y explotador. El Espíritu de Bandung y el Espíritu del Manifiesto de los Condenados de la Tierra, marcaban el espíritu de la época.

El término Zeitgeist -espíritu de la época- se refiere a la verdadera esencia de una época, tal y como queda reflejada en las ideas, opiniones, corrientes intelectuales, pensamientos filosóficos y cosmovisiones que la caracterizan. Para el filósofo alemán G.W.F. Hegel, quien opina que nadie puede ‘escaparse’ de su tiempo histórico ya que el espíritu de su época es, pues, su propio espíritu, Zeitgeist es simplemente la filosofía de una época. En términos marxistas, es lo específico que marca la sobreestructura de una época la cual, a su vez, es un reflejo de las realidades y tendencias de su fundamento material-económico.

Si tratáramos de captar el Zeitgeist de nuestra época, esta que ha comenzado con el cambio del siglo y sus esperanzas de poder dejar atrás, de una vez por todas, la época de guerras calientes y frías del siglo XX con sus incontables muertes y miserias humanas, si tratáramos de medir sus particularidades que ya se están perfilando, nos encontraríamos con algo muy desencantador: Por ahora, parece que no hay nada realmente nuevo bajo el sol. Lo viejo de siempre se nos presenta en ropa nueva y las ideas nuevas no son sino una reedición de las mismas ideas del siglo pasado. Lo peculiar de esto, sin embargo, reside en una verdad contradictoria: Por un lado, nunca antes en la historia ha sido más fácil ver la evidente bancarrota del capitalismo mundialmente establecido que trata de rejuvenecerse en vano, y por otro lado, nunca antes en la historia ha sido más difícil romper el velo que sigue cubriendo los cinco pilares sobre los que está edificado y a los que no nos cansamos de mencionar: la explotación económica, la dominación política, la discriminación social, el genocidio militar y la alienación humana. El velo que los cubre es la ideología, son las ideas dominantes de las clases dominantes, el control mental. Lo que marca el Zeitgeist de nuestra época, es esta doble verdad: No obstante las verdades abiertas, no obstante la realidad evidente, no obstante un modo de destrucción que acarrea ruinas y cadáveres por doquier, no podemos o no queremos verlas, ni actuar en consecuencia, porque ya no nos quedan ojos para ver, ni oídos para escuchar, ni cerebro para pensar, ni corazón para sentir nuestra propia agonía, que es la de la especie humana. Somos y seguimos siendo seres encadenados, seres controlados, seres alienados.

Nuevamente y cuando apenas termina la primera década del nuevo milenio, nos encontramos frente a un choque de fuerzas a escala global por otra ‘repartición’ más del mundo. Viejas y nuevas potencias, entre las que figuran los EE.UU., la Unión Europea, Rusia y China, en configuraciones que oscilan entre la cooperación y la confrontación, se están disputando el acceso a mercados y recursos naturales que han empezado a convertirse en una cuestión de vida y muerte como lo es el caso de las reservas de petróleo y agua. La carrera desesperada por asegurarse los referidos recursos se traduce en una especie de ‘recolonización’ de regiones claves del planeta, ricos en recursos naturales y ubicados en países de África, Asia y América Latina, mediante la ocupación militar. Las ‘razones’ que esgrimen las estrategias de seguridad, en este caso de los EE.UU. y de la Unión Europea para justificar el aseguramiento militar de los recursos naturales del Tercer Mundo, son las supuestas amenazas modernas del siglo XXI: El terrorismo, las armas de destrucción masiva y los llamados ‘Estados fallidos’ – producto, supuestamente, de una gestión ineficaz de sus respectivos gobiernos.

Las razones ideológicas que acompañan y subyacen a esta clase de tesis no son más que una reedición del viejo ‘argumento’ colonialista-racista que sostiene la inferioridad de los pueblos del Tercer Mundo con la que se justifica la ‘responsabilidad moral’ de Occidente de intervenir en la conducción de sus destinos. Deliberadamente se hace caso omiso de los estragos causados por el neoliberalismo con sus políticas de privatización, reducción de las funciones sociales del Estado, apertura de los mercados internos mediante los tratados de libre comercio, desregulación de los mercados financieros, etc., para culpar a los países del Tercer Mundo por no haber logrado, en las cinco décadas desde el fin del colonialismo, resolver sus graves problemas económicos, políticos y sociales, ellos mismos. Se alude entonces ante el casi colapso de sus sociedades, a un ‘deber moral’ por parte de los antiguos amos coloniales de Occidente, de retomar las riendas de sus ex colonias para el supuesto bien de sus poblaciones. Hasta se escuchan voces que claman por un ‘imperialismo postmoderno’ para restablecer y asegurar la estabilidad social en aquellas regiones del planeta en las que los ‘valores’ occidentales de probada ‘validez universal’ no han podido triunfar y en las que persiste el peligro de que sus conflictos ‘internos’ se desborden hacia Occidente. Por casualidad, las regiones en cuestión suelen poseer los recursos codiciados por este último.

En otras palabras, en aquellas regiones del mundo en las que la democracia representativa de las clases dominantes y el ‘libre mercado’ – garantes de un acceso irrestricto del capital transnacional a sus mercados – no se han podido imponer o donde se esté simpatizando o experimentando con otros modelos de sociedad incompatibles con el capitalismo, se proclama un derecho y ‘deber moral’ de intervención en nombre de la ‘civilización occidental’ y de la ‘paz y seguridad mundial’. Detrás del dualismo: ‘civilización o barbarie’, aquél lema nefasto que expresa en un doble sentido al Zeitgeist de nuestra época, se esconde una contradicción material. Se trata de la contradicción entre la movilidad principalmente irrestricta del capital a escala global por un lado, y las limitaciones impuestas por una forma de organización capitalista ya obsoleta, que es la del Estado nacional, por otro lado. Desde el punto de vista del capital, ‘civilización’ corresponde a la superación de todas las barreras del Estado nacional que todavía quedan e impiden su movimiento libre, mientras que ‘barbarie’ corresponde a toda forma de organización política, económica y social que insiste en el principio de la soberanía nacional y de la autodeterminación de los pueblos.

Ante el panorama de la futura (y en parte ya actual) ocupación militar de regiones de interés estratégico en Asia, África y América Latina, lo que equivaldría a una ‘recolonización’ de los países afectados (caso Irak), llegan a la mente nuevamente los grandes temas de la época de las guerras de liberación nacional y de la descolonización de los años 50 y 60 del siglo pasado. Claro está, que el contexto de hoy difiere del de aquella época, ya que hoy se plantea la resistencia a la militarización generalizada de la acumulación del capital a escala mundial, esto es, la militarización de la globalización. Como es bien conocido, en medio de este panorama sombrío y desde comienzos de este siglo, se han estado librando batallas por un mundo diferente en algunos países de nuestra América Latina, específicamente en Venezuela. En cierta medida se percibe un espíritu reminiscente a él de Bandung que entusiasmó a los pueblos del Tercer Mundo con la anunciada partida hacia una nueva era de soberanía y libertad en solidaridad entre pueblos hermanos. Sin embargo y ante los retos múltiples que se le plantean a cualquier esfuerzo por cambiar el orden mundial existente, estos experimentos políticos y sociales muestran signos de agotamiento y corren peligro de ser truncado o desviado de su camino por factores tanto internos como externos. Retraeremos entonces a la memoria algunos conceptos claves de Frantz Fanon en función de ayudarnos a volver a enrumbarnos a un camino que logre romper con los esquemas de explotación, dominación, discriminación y alienación que nos siguen aquejando.

Racismo, alienación, emancipación: dos contextos históricos, una sola esencia

Una de las características fundamentales del capitalismo desde su nacimiento en Europa occidental ha sido su tendencia expansiva, señalada por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista con las famosas palabras sobre la burguesía moderna que, “espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, […] recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.” (http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-...)

La historia de la expansión violenta del capitalismo, que es la historia de la conformación y configuración del mercado mundial y con ello de la división internacional del trabajo, ha adquirido, a lo largo de su desenvolvimiento, varias formas entre las que figuran el colonialismo, el imperialismo y recientemente, la globalización. El rasgo común de estas apariencias diferentes de expansión capitalista es la expropiación en todos los sentidos – económico, político, social y con ello, humano – , de los pueblos del ‘Tercer Mundo’ por los países metropolitanos.

Expropiación en lo humano es enajenación, alienación. Alienación es síntesis y resultado de la expropiación económica, política y social, de la conversión del hombre en un mero objeto o instrumento. El colonialismo significó para quienes sobrevivieron a sus genocidios y fueron condenados a padecerlo, la deshumanización y despersonalización directa y total; esto es, la más absoluta alienación humana. El capitalismo es, de por sí, un modo de destrucción que produce alienación humana en cuanto que priva al verdadero productor o trabajador tanto de su producto de trabajo como de sus medios de existencia y lo obliga a vender su fuerza de trabajo, so pena de perecer. Aunado a esta cruel realidad, impuesta a la fuerza sobre los pueblos colonizados, se les destruyeron sus propios modos de producción y organización social y, con ello, su historia, su cultura y su identidad propia. Se les impuso por la espada y la cruz, por la militarización y cristianización, un modo de producción ajeno, ‘superior’ en cuanto a su tecnología de producción y tecnología de destrucción se refiere. Al modo de producción impuesto por el colonizador se le llamó ‘civilización’ mientras que a los modos de producción originarios de los pueblos colonizados se les denominó ‘barbarie’. El colonizado, reducido por el colonizador a un ‘nativo’ sub-humano, empezó a padecer un desdoblamiento de su personalidad ya que se encontraba permanentemente hostigado por una realidad impuesta que, aparte de explotarlo sin misericordia y convertirlo en un mero objeto, le obligaba a asimilar una cultura ajena mientras que al mismo tiempo le negaba cualquier posibilidad real de asimilación y reconocimiento por parte del colonizador.

Es en este mismo contexto que surge el pensamiento y la acción del revolucionario y médico-psiquiatra afro-caribeño, Frantz Fanon, quien en sus obras describe las nefastas consecuencias del colonialismo y estudia los métodos de liberación nacional y revolución socialista en el marco del proceso de la descolonización, en función de construir la nueva sociedad, libre de explotación y racismo. Nacido el 20 de julio de 1925 en la isla de Martinica en las Antillas francesas como descendiente de esclavos africanos, Fanon vivió un ambiente colonial típico, con estructura jerárquica y un racismo brutal, aunque el colonialismo francés sostenía en ‘sus’ colonizados la ilusión de la ‘asimilación’ – la perspectiva de poder convertirse en ciudadanos franceses, que era equivalente a ‘blanquearse’ o ‘europeizarse’, en otras palabras, ‘humanizarse’. Lejos de ser un asunto netamente formal-administrativo y más allá del hecho de que muy pocos individuos entre los pueblos colonizados por Francia – en su mayoría políticos, intelectuales o personas públicas – efectivamente llegaron a obtener el estatus de un ‘evolucionado’ o ciudadano francés, el concepto de la asimilación actuó como un mecanismo perverso de alienación ya que implicaba la renuncia consciente a la cultura, identidad y historia propia y la identificación forzada del colonizado con la cultura impuesta por el colonizador.

En su primer libro, publicado en 1952 titulado ‘Piel negra, máscaras blancas’, Fanon realiza con base en sus propias vivencias y experiencias un diagnóstico socio-psicológico de la alienación de la población martinicana, producto del colonialismo francés. Cabe señalar que Renate Zahar en el prefacio de su estudio sobre el pensamiento político de Frantz Fanon, advierte que los aspectos peculiares de las formas de alienación engendradas por el colonialismo e investigadas por Fanon, son fenómenos principalmente limitados a las colonias francesas ya que las manifestaciones particulares de la enajenación cultural y psicológica dependen del tipo de política colonial implementada, en este caso, de la política de asimilación en el sistema colonial francés, en contraste con la política de dominación indirecta y segregación racial como fue característico del sistema colonial inglés. (Zahar 1974) Sin embargo, Zahar está claro que el problema principal no radica, ni podrá radicar jamás en tratar de buscar cuál de los dos colonialismos, el francés o el inglés, ha sido un poco ‘menos brutal’ o ‘menos racista’, ya que, y como dijera el mismo Fanon, una sociedad o bien es racista, o bien no lo es y que toda sociedad colonial es necesariamente racista. (1974)

Aun cuando Zahar está en lo cierto en tomar en consideración el tipo de política colonial reinante a la hora de estudiar los fenómenos de alienación y racismo, existe una raíz común y muy profunda que ha afectado de igual manera a todo pueblo colonizado, no importa la política colonial específica implementada para explotarlo y controlarlo. Esta raíz de fondo es, en última instancia, un mecanismo nefasto de alienación que origina en la impotencia ante la imposición económica y cultural violenta y arrolladora como lo fue la colonización europea con sus métodos genocidas. Este mecanismo de alienación o desviación psico-política, es la identificación de los agredidos con sus agresores y la subsiguiente reproducción de los esquemas de dominación y discriminación entre los agredidos mismos, a manera de mecanismo de compensación. A este mecanismo de desviación psico-político lo encontramos en la identificación del colonizado con el colonizador, del oprimido con el opresor, del explotado con el explotador, de la clase social productora con la clase social expropiadora, del trabajador con el capitalista. Fanon lo observa en su estudio de los mecanismos de defensa y de comportamiento por parte del grupo social subyugado por el colonizador:

Pero el hombre arrinconado por este racismo, el grupo social sometido, explotado, desustancializado, ¿cómo se comporta? ¿Cuáles son sus mecanismos de defensa? ¿Qué actitudes descubrimos aquí? En una primera fase se ha visto al ocupante legitimar su ocupación con argumentos científicos y a la ‘raza inferior’ negarse como raza. Ya que ninguna otra solución le es permitida, el grupo social racializado ensaya imitar al opresor y a través de ello desracializarse. La ‘raza inferior’ se niega como raza diferente. Comparte con la ‘raza superior’ las convicciones, doctrinas y otros considerandos que le conciernen. (Fanon 1975: 46)

Aun cuando Fanon en su análisis de la enajenación que padece el colonizado, hace referencia expresa a la política colonial francesa de la asimilación, el principio de la identificación del oprimido con su opresor también tenía vigencia en aquellos países colonizados bajo dominio inglés, en el marco de lo que fue su principio político de ‘divide y reinarás’. Piénsese por ejemplo en el caso de Sudáfrica con su sistema de segregación racial o apartheid en el que fue específicamente el grupo social de los coloureds que más se identificó con el opresor colonial y que reprodujo los prejuicios y actitudes de éste hacia el grupo de los blacks.

Recordemos que Fanon, en su condición de médico-psiquiatra, tiene un enfoque analítico eminentemente psico-social y psico-terapéutico, más sin embargo sin perder de vista la causa última que subyace a los fenómenos de alienación estudiados por él: la explotación del hombre por el hombre o explotación económica, en todas sus formas. Hablando en términos marxistas, Fanon vincula la superestructura colonial – el racismo cultural – con su base económica, esto es, la explotación o expropiación económica mediante el robo, el saqueo, el trabajo de esclavos, el trabajo forzado y la servidumbre. El colonizador tiene que declarar la inferioridad racial, cultural, tecnológica, civilizadora, de los pueblos colonizados por la doble razón de causar en sus víctimas la sensación de ‘merecer’ el trato recibido por ser una ‘raza inferior’ que tiene que ser ‘civilizada’, por un lado, y por otro lado para justificar los atropellos cometidos ante el mismo ‘mundo civilizado’ que aquél reclama representar. En este sentido, Fanon afirma, que

Lógicamente no es posible someter a la servidumbre a los hombres sin inferiorizarlos parte por parte. Y el racismo no es más que la explicación emocional, afectiva, algunas veces intelectual, de esta inferiorización. … La adecuación de las relaciones económicas y de la ideología que comportan, son perfectas. (1975: 48)

En esta misma línea y con miras a superar el complejo de inferioridad causado en los pueblos colonizados por la alienación racial y cultural de las que han sido víctimas históricamente, Fanon observa lo siguiente:

Si existe un complejo de inferioridad, es el resultado de un proceso doble – en primer lugar, económico, y por consiguiente, la interiorización o, mejor dicho, epidermización, de esta inferioridad.’ (Fanon 1968: 13 en: Zahar 1974: 28, nuestra traducción)

Sin embargo y debido al peso enorme de la ideología colonial en sus formas del racismo y también cristianismo, el colonizado no llega a descubrir tan fácilmente esta base material de fondo que determina su desgracia histórica. La explotación económica, esencia de la acumulación del capital durante siglos, y su internacionalización sistemática a partir de la colonización, le queda oculta hasta tanto no logra romper con los estereotipos culturales y raciales impuestos. Después de la primera fase de la enajenación total, en una segunda fase y como anotado por Fanon, el colonizado se rebela mediante un redescubrimiento y reencuentro con su cultura original, antes despreciada y rechazada por él mismo, producto de la alienación racial. Pero la veneración de su pasada identidad cultural, la exaltación de su cultura e historia propia, adquieren un carácter regresivo en cuanto que el redescubrimiento de lo propio-originario, más que un arma eficaz contra el opresor, es una especie de huída al pasado ante una realidad que sigue siendo explotadora y deshumanizadora.

Al descubrir la inutilidad de su enajenación, la profundización de su despojo, el inferiorizado, después de esta fase de culturación, de extrañamiento, encuentra sus posiciones originales. El inferiorizado se ata con pasión a esta cultura abandonada, separada, rechazada, menospreciada. … Al encontrar un estilo antes desvalorizado, el inferiorizado asiste a una cultura de la cultura. Tal caricatura de la existencia cultural significaría, si fuera necesario, que la cultura se viva, pero que no se fraccione. … Mientras tanto, el oprimido se extasía con cada redescubrimiento. El maravillarse es permanente. Antaño emigrado de su cultura, el autóctono la explora hoy con arrebato. Se trata, pues, de esponsales continuos. El antiguo inferiorizado está en estado de gracia. (1975: 49,50)

De manera implacable en el marco de su análisis agudo de las etapas del proceso de descolonización, Fanon señala que el recurso a las culturas propias es una ilusión en un mundo, de hecho colonizado, europeizado, tecnologizado y ‘capitalizado’. El regreso a las culturas originarias, autóctonas no resuelve el problema del mercado mundial con sus estructuras de cambio desigual, de las economías tergiversadas de los países colonizados, monoproductoras, meros apéndices de las economías metropolitanas. Ni el regreso a la tradición, ni el culto a los antepasados, resuelven el problema de la expropiación y explotación económica, dominación política, discriminación social y alienación humana, ya que el modo de producción capitalista ejerce su dominio inexorable sobre lo poco que quedó de las culturas originarias del Tercer Mundo después de su colonización, cristianización y comercialización en el marco de la expansión capitalista a partir del siglo XV. Así es como las culturas originarias, según expone el mismo Fanón, han perdido su autenticidad, su función social originaria, su dinamismo, su vida. Las tradiciones, usos y costumbres originarias se han vuelto anacrónicas en el marco de un sistema de producción y destrucción ‘superior’ violentamente impuesto, y su re-valorización no los convierte en arma, sino en mero grito, hasta en traba.

Pero no se sufre impunemente una dominación. La cultura del pueblo sometido está esclerosada, agonizante. No le circula ninguna vida. Más precisamente, la única vida existente está disimulada. … La cultura encasquillada, vegetativa, a partir de la dominación extranjera, es revalorizada. No es nuevamente pensada, tomada otra vez, hecha dinámica en su interior. Es gritada. (1975: 50)

Aun cuando el redescubrimiento de las culturas originarias, ya estancadas y privadas de su anterior dinamismo, es caracterizado por Fanon como lo ‘objetivamente indefendible’, este reconoce su vital función subjetiva ya que la revalorización de las culturas autóctonas constituye la antesala de la liberación nacional. Sin embargo, lo que falta para la lucha ‘contra todas las formas de explotación y de enajenación del hombre’, es la toma de conciencia de clase, entrabada por el problema cultural sufrido que se manifiesta en lo que Fanon llama la ‘alienación intelectual’. Por ende, el fin último del pensamiento y de la acción político revolucionaria de Frantz Fanon es llevar al hombre colonizado a que descubra, detrás de la fachada cultural-racial, el problema real, de fondo: la sociedad de clases basada en la explotación económica de las clases trabajadoras por las élites capitalistas, bien sea a nivel nacional-interno, bien sea a escala global.

El enfoque psicológico-terapéutico de Fanon… tiene un objetivo político; la ‘alienación intelectual’ de los colonizados que se manifiesta en su identificación con un estereotipo racial y que causa toda clase de frustraciones y complejos, impide que los explotados reconozcan su pesadilla económica y la evalúen en términos de su propia posición como clase. Mientras su conciencia permanezca estructurada por normas raciales seguirán incapaces de desarrollar una conciencia de clase revolucionaria. (1974: 14,15)

Hoy, de manera general, podemos constatar que al éxito de la violenta expansión mundial del capitalismo europeo-occidental corresponde el éxito que ha tenido la difusión de sus ‘valores’ mediante el mecanismo de la interiorización forzada de sus normas y parámetros durante cinco largo siglos, mecanismo en el que la religión cristiana, la educación con ‘valores occidentales de carácter universal’, y los medios de comunicación e información en todas sus formas, han jugado un papel decisivo. Los ‘valores’ así inculcados tienen una sola función: perpetuar la explotación, dominación, discriminación, militarización y alienación y con ello, garantizar la continuidad del sistema capitalista, no importa cuántos genocidios más costará. El principio constatado por Fanon, la identificación del oprimido con su opresor, del explotado con su explotador, su identificación con el estereotipo racial-cultural de Occidente con su parámetro único del homo consumiensis blanco, prospero y famoso, opera hasta hoy día y es uno de los obstáculos principales por los que no se ha podido formar, al fin y al cabo, ni la conciencia de clase de las masas trabajadoras a escala mundial, ni el sujeto revolucionario que transforma el mundo, ni el nuevo hombre emancipado que haya dejado atrás los anti-principios, anti-valores y anti-normas de un modo de producción esencialmente destructor, deshumanizador y ‘desnaturalizador’.

Por esta misma razón, la ruptura radical con Occidente exigida por Fanon en los Condenados de la Tierra en consecuencia de sus estudios, su pensamiento y acción revolucionarios, nunca se materializó. La emancipación real de los pueblos del Tercer Mundo, más allá de los procesos de descolonización y de las luchas por la liberación nacional que terminaron en la independencia formal de sus respectivos países, no se concretizó jamás. El factor más adverso a la emancipación del que ha dependido, en gran medida, la auto conservación del sistema capitalista desde sus inicios hasta nuestros días, ha sido la alienación en los niveles psicológico, político, ético-normativo y económico. A nivel psicológico, la enajenación consiste en la identificación del oprimido con el opresor, a nivel político, en el sistema de ‘representación democrática’ que no representa sino los intereses de las minoritarias clases dominantes por encima de aquellos de las mayoritarias clases dominadas; a nivel ‘ético-normativo’ en la ‘occidentalización’ de los valores y a nivel económico, en la continua expropiación de los países del Tercer Mundo por los países metropolitanos.

No nos hemos podido desprender de Europa, de Occidente, del capitalismo ni espiritualmente, ni culturalmente, ni políticamente, ni económicamente. Esto, por supuesto, tiene una razón que el mismo Fanon ha expresado con claridad: Desprenderse no significa, ni puede significar, huída hacia un pasado ‘objetivamente indefendible’, esto es, huída hacia las culturas y tradiciones originarias que han perdido su significado auténtico y su función social y que se encuentran en estancamiento y retroceso frente al capitalismo globalizado con su efecto desintegrador, no obstante los esfuerzos de revivirlas en el contexto de una supuesta ‘globalización multicultural’. Desprenderse sólo puede significar superar el capitalismo en el ámbito económico, político, social y cultural con las armas adecuadas: Una conciencia de clase que impulse la lucha de clases, la expropiación de los expropiadores o la socialización de los medios de producción, el gobierno de la mayoría, por la mayoría y para la mayoría, para que nazca, en y mediante la lucha de clases anticapitalista, antiimperialista y antineocolonial, mediante la emancipación de la cultura y la cultura de la emancipación, el nuevo hombre y la nueva mujer. Y es sólo en y mediante esta lucha de clases decididamente anticapitalista con ánimo combativo, que lo mejor de nuestras culturas originarias, lo natural-cósmico, lo social-óntico, lo humano-trascendental, puede recobrar vida y resucitar con dinamismo y espíritu de lucha, enriqueciendo a nuestro arsenal material y espiritual que tiene que ser superior a él del adversario.

Frantz Fanon fue hijo de su tiempo, hijo de sus circunstancias históricas al igual que nosotros hoy, somos hijos de nuestro tiempo, de nuestras circunstancias históricas, naturales y sociales. En la época que le tocó vivir a Fanon, los signos del tiempo apuntaban hacia la solución de los grandes problemas de la humanidad. Fue la época de la descolonización, de los movimientos de liberación nacional, de los sueños por un mundo verdaderamente socialista, época de esperanza y combatividad. Hoy, los signos del tiempo apuntan a un callejón sin salida, a la barbarie, a la desaparición de la especie humana.

Ayer y hoy, nos hemos encontrado y nos seguimos encontrando con una misma esencia: Si queremos vivir, si queremos sobrevivir, tenemos que tocar el problema en su raíz, esto es, erradicarlo. El sistema capitalista tiene que ser negado en sus cinco pilares que lo constituyen, quiere decir, hay que negar la explotación económica, la dominación política, la discriminación social (el racismo), la militarización genocida y la alienación humana. En y mediante la negación, en y mediante la lucha de clases anticapitalista, nace el nuevo hombre, la nueva mujer. La violencia institucionalizada del sistema capitalista en estos sus cinco pilares, su ‘paz de los cementerios’, sólo podrá ser enfrentada con la contraviolencia emancipatoria en nombre de la vida, del amor, de la creatividad tal y como la propone Frantz Fanon. La des-alienación, la emancipación humana, pasa no sólo por las armas de la crítica sino también por la crítica de las armas. En palabras de Fanon:

El África [- Asia, América Latina -] de todos los días, ¡oh!, no la de los poetas, no la que duerme, sino la que impide dormir, porque el pueblo está impaciente por hacer, actuar, decir. El pueblo que dice: Quiero construirme como pueblo, quiero palpitar, amar, respetar, crear. … Esta África [– Asia, América Latina –] que es necesario orientar, movilizar, lanzar a la ofensiva. Esta África [– Asia, América Latina –] del porvenir. (1975: 201 [-nuestra inserción-])

¿Lo viejo en ropa nueva? ¿Lo nuevo, en trapos viejos? – Depende de nosotros. El espíritu de nuestra época refleja ciertamente la paradoja del capitalismo globalizado: Gracias a la ‘civilización’ nos estamos sumergiendo en la barbarie.

P.-S.

Bibliografía Frantz Fanon, Por la Revolución Africana, Fondo de Cultura Económica, México 1975. Frantz Fanon, Black Skin White Masks, MacGibbon & Kee, London 1968. Renate Zahar, Colonialism and Alienation. Political Thoughts of Frantz Fanon, Ethiope Publishing Corporation, Benin City-Nigeria, 1974

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