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El barco que debería estar en el mar

Jueves 10 de noviembre de 2016. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Diagonal

Por María González Reyes, activista de Ecologistas en Acción

Hay muchas rotondas en Vigo. Algunas están en el barrio de Coia. En una de ellas hay un barco. Justo colocado en medio. Un barco grande, imponente, sin duda fuera de lugar. El lugar de los barcos es el agua y no una rotonda rodeada de coches. Las vecinas y vecinos del barrio saben que ese no es su sitio. No sólo porque la única agua que lo toca es la que cae del cielo, sino porque ese barco simboliza una lucha que no ganaron.

En Coia vive gente que se acostumbró a pisar la calle para reclamar pan, dignidad y trabajo. Que vio cómo en los soportales de sus edificios se quemaba la vida en las agujas por las que pasaba la heroína a los cuerpos de los jóvenes en los 80, y que ve cómo esos soportales vuelven a esconder ahora nuevas agujas y a romper más vidas. Algunas son las mismas de los 80, otras son diferentes.

En Coia mucha gente no tiene trabajo y hay muchas abuelas que, con sus pensiones, sostienen económicamente a sus familias. En Coia viven personas que se paran a charlar cuando se encuentran por las calles y que comparten los bancos en las plazas. En Coia hay una parroquia con unos curas y monjas que caminan con sus vecinos y tejen redes y una Oficina de Derechos Sociales donde, entre otras y otros, participa Diego.

Al entorno de ese movimiento barrial llegó la noticia de que el alcalde de Vigo, Abel Caballero, había decidido gastar 600.000 euros para colocar un barco en medio de una rotonda. 600.000 euros para decorar una rotonda con un barco. Y las vecinas y vecinos no lo entienden (ni antes ni ahora) porque llevan años recibiendo la misma respuesta: no hay dinero para ayudas sociales.

Y saben en lo que se traduce que no haya ayudas, lo saben porque lo ven. Significa, por ejemplo, que María se siente desesperada cuando la trabajadora social le dice que tiene que poner más de su parte para encontrar trabajo, y se culpabiliza y una nube negra se coloca sobre su cabeza. Significa que Ana, cansada y harta de tanta precariedad se hace puta (para seguir siendo precaria, claro) y que los adolescentes expulsados de un sistema educativo que no atiende a la diversidad consumen drogas y trafican para consumir y consumen y trafican…

La gente que vive en el barrio de Coia sabe que el destino de ese dinero tendría que ser las personas y no los barcos que ya no navegan.

El 4 de diciembre de 2014 un grupo de vecinas y vecinos llegaron a las 8 de la mañana a la rotonda y les dijeron a los obreros (que todavía tenían las pestañas pegadas) que no podían comenzar su trabajo: a la gente del barrio le parecía que había otras cosas prioritarias en las que emplear el dinero. Los obreros se fueron y durante más de dos meses gentes de distintas edades habitaron esa rotonda, explicando a los medios de comunicación cuáles eran sus demandas, hablando con las personas que se acercaban, entrelazando sus brazos cuando llegaba la policía. Impidiendo que el proyecto de sacar el barco del agua y llevarlo hasta allí se llevara adelante.

Hubo momentos de tensión porque el alcalde mandó a muchos policías para que el barco llegase hasta la rotonda, y los policías obedecían al alcalde sin mirar la cara de las vecinas y vecinos. El 15 diciembre un chico salió corriendo después de un forcejeo, un policía corrió detrás del chico y Diego corrió detrás del chico y del policía porque pensó que la porra del uniformado podía lastimar al chaval, y Diego cree que las palabras son mejor que los golpes.

En la carrera se alejaron y el policía se cayó. Se cayó cerca de donde estaba Diego y se hizo daño en la muñeca. Cualquiera se puede caer corriendo, pero no un policía. Los policías no se caen solos nunca. A los policías se les empuja, se les golpea, se les agrede. Los policías no tienen caídas ni accidentes. Por eso cuando el policía se cayó dijo que Diego le había empujado. A pesar de su porra, de su pistola, del uniforme frente a las manos desnudas de Diego, dice que le empujó.

A Diego no lo detuvieron en ese momento, lo cual hubiera sido fácil porque volvió caminando tranquilamente a la rotonda, lo detuvieron cuando fue voluntariamente a la comisaría a declarar como testigo. Lo detuvieron cuando alguien recordó que los policías nunca se tropiezan y se caen, y a Diego le piden tres años de prisión y 30.000 euros de responsabilidad civil por un presunto delito de atentado.

En el barrio de Coia conocen a Diego por muchas cosas, también por su participación en la Oficina de Derechos Sociales donde apostó por crear redes con los de abajo desde abajo, y por eso sienten rabia cuando se enteran de la acusación y le arropan y se juntan para luchar contra esa (otra más) injusticia.

El alcalde habla y dice que son un grupo violento, que deberían poner una pancarta en la rotonda contando la cantidad de ayudas sociales que da el ayuntamiento en vez de mentir. En el barrio saben que vivir en crisis no es algo de ahora, que hay vecinas y vecinos que viven en crisis desde que nacieron. Y la cara de Diego sale en los periódicos, y se criminaliza al movimiento vecinal, y nadie habla de la parroquia que impulsa el movimiento. Y desde la parroquia hacen ruedas de prensa que apenas se escuchan porque nadie hace de altavoz de sus palabras fuera de las fronteras del barrio. Y el alcalde sabe que es fácil criminalizar a la gente más oprimida. Y la gente oprimida no se cansa de gritar porque ningún gobierno les va a robar su dignidad.

Y pasa, también, que cuando detienen a Diego a muchos vecinos y vecinas les entra miedo, mucho miedo, porque conocen a Diego y porque saben que lucha junto a ellos desde una actitud pacífica. Por eso saben que si a Diego lo pueden meter en la cárcel porque un policía se tropezó podrían hacer lo mismo con cualquiera. Por eso detienen a Diego, porque el miedo desmoviliza y la lucha de las vecinas y vecinos es fuerte y los poderosos que están arriba saben que hay que frenarla.

Y mientras el movimiento barrial se organiza para ayudar a Diego y su madre decide no salir de casa por un tiempo porque la situación le supera y su familia próxima se resiente porque las injusticias son difíciles de gestionar, llega el barco traído del mar, rodeado de antidisturbios y es colocado en la rotonda. Diego no puede acercarse mucho a la protesta porque tiene un juicio pendiente por estar al lado de un policía que se tropezó y se cayó y se hizo daño en la muñeca. No puede acercarse mucho porque se presupone que los policías no mienten, porque está preso de un sistema lleno de leyes ilegítimas, mecanismos de control y órganos represivos que tienen como finalidad que se perpetúen los poderosos.

Y con el barco colocado en la rotonda, como símbolo de quien manda, las vidas siguen. Y Diego tiene una vista con la fiscalía, previa al juicio. Y ocurre lo que nadie esperaba: la fiscalía pide el sobreseimiento del caso. A pesar de que se presupone que los policías nunca mienten. A veces la justicia llueve de donde menos se espera. Todavía queda el paso más importante, el juicio, porque la acusación particular, la del policía, sigue adelante.

Cada día las vecinas y vecinos de Coia salen a la calle y lo ven, ven el símbolo de esa lucha que no se ganó, tratando de imponerse. Pero ven también las semanas compartidas en la rotonda, los forcejeos con la policía en los que se agarraban fuerte unas manos con las otras manos, los poemas recitados en medio de los coches, las niñas y niños jugando en los montículos de arena, los debates, la fuerza colectiva imparable, la búsqueda incansable de justicia. Ven una lucha vecinal festiva, desobediente, no violenta. Ven ese espacio que fue de ellos y ellas, de las de abajo, y eso ningún barco que lo puede aplastar.

Quizás si sigue lloviendo justicia y se demuestra que los policías pueden caerse como el resto de las personas, y el juez dicta que Diego queda absuelto en su sentencia, entonces, quizás, las vecinas y vecinos lo celebren pensando en cómo conseguir devolver el barco al mar.

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