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Cuatro maestros reflexionan sobre las aventuras fáustico-nucleares de un civilización irresponsable

Jueves 21 de abril de 2011. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Por Salvador López Arnal

Hace más de cuarenta años, Barry Commoner, en una vieja joya que sigue siendo un deslumbrante hallazgo para nuestro ahora, en Ciencia y supervivencia, explicaba sucintamente las características esenciales del conocimiento humano: “Ni una mente humana sola, ni siquiera las deliberaciones de un comité pueden crear conocimientos científicos íntegros, porque cada análisis científico aislado da tan sólo resultados aproximados y contiene inevitablemente ciertos errores y omisiones. Los científicos llegan hasta la verdad mediante un proceso continuo de autocrítica y corrección que remedia omisiones y enmienda errores”.

Claves en ese proceso, proseguía Commoner, eran, lo siguen siendo, la exposición abierta de los resultados obtenidos, su divulgación generalizada y sin secretos en las comunidades científicas, al igual, añadía con énfasis el gran científico y activista norteamericano, “como las críticas, enmiendas y verificaciones resultantes”. Todo cuanto bloqueara dicho proceso impediría el acercamiento a la verdad.

De hecho, la peor cara de los métodos secretos en la ciencia era que los yerros cometidos en secreto perdurarían: “El secreto ha impuesto muchos desembolsos a la ciencia, de los cuales uno de los mayores ha sido el grave retraso de nuestras mentes para comprender las plenas consecuencias de los últimos y grandiosos procedimientos tecnológicos”. El ejemplo dado por el autor de El círculo que se cierra: “el secreto nos ha privado de conocimientos para comprender a tiempo que las explosiones nucleares son arriesgadas biológicamente y, si se producen a gran altitud, pueden ocultar lo que necesitamos saber sobre los cinturones de partículas atómicas que rodean la Tierra”.

Algunos años más tarde, a mediados de los setenta, el gran economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, en un artículo que sigue siendo un modélico paper de referencia, “Bioeconomía: una nueva mirada a la naturaleza de la actividad económica” es su título, apuntaba aguda y críticamente los nudos básicos de la apuesta nuclear. No se le escapaba nada, ni una intersección oculta.

“Otra alternativa abierta a la humanidad es la energía nuclear. Aunque el sotck de esta energía, si se utiliza en los reactores ordinarios, no suma una cantidad mucho mayor que los combustibles fósiles; si se usa en el reactor-reproductor, algunos opinan que podría proporcionar abundante energía para una población de veinte mil millones de personas durante, quizás, un millón de años”. Este plan a gran escala estaba lleno de problemas por las consecuencias no previstas para la especie humana y, añadía, el autor rumano, tal vez para toda la vida terrestre. “Representa, de hecho, un auténtico pacto fáustico. Los defensores de este pacto no nos dicen cómo almacenar de manera segura los residuos nucleares. Ni tampoco sugieren qué hacer con las montañas de residuos mineros resultado de la extracción del uranio, del granito de New Hapmshire o de la pizarra bituminosa de Chattanooga”.

Existía una preocupación aún más grave: “el que sólo sean necesarias unas ocho libras [3,62873 kg] de plutonio 239 para fabricar una simple bomba atómica”. No existía, no existe aún, forma de asegurar que el plutonio 239 no fuera a parar a manos que estuvieran controladas por mentes insensatas. “Sólo en Estados Unidos, cientos de libras de material nuclear se encuentran ya sin contabilizar. Desde luego, la humanidad está en la encrucijada más fatídica de su historia”.

Por su parte, en 2007, Immanuel Wallerstein, en “R. I. P.: No proliferación”, arrojaba luz sobre la ocultada y, en ocasiones, olvidada cara militar de la industria y apuesta nucleares. El NPT, el Tratado de no Proliferación Nuclear, se basaba en tres pilares: “(1) Las cinco potencias nucleares "reconocidas" se comprometían a no ayudar de ninguna manera a cualquier otro país a convertirse en una potencia nuclear; (2) Los mismos cinco países se comprometían a dar pasos hacia un desarme efectivo; (3) todos los demás países recibieron la promesa de asistencia para desarrollar la energía atómica con usos pacíficos”.

Las cinco potencias nucleares reconocidas –Israel es una de las no reconocidas- son las siguientes: Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, China y Francia. Ninguna de estas tres disposiciones se han respetado completamente comenta Wallerstein. “En primer lugar, aunque puede que las cinco potencias "reconocidas" hayan ayudado sólo ocasionalmente a otras potencias a convertirse en Estados nucleares, estos otros Estados podían hacerlo por sí mismos y trataron de hacerlo. En segundo lugar, no ha habido un desarme significativo. Todo lo contrario. Las cinco potencias "reconocidas" han aumentado sus arsenales nucleares, en particular Estados Unidos”.

En tercer lugar, concluía el autor de La crisis estructural del capitalismo, la disposición acerca de los usos pacíficos de la energía nuclear se había vuelto “extremadamente polémica desde el momento en que Estados Unidos ha llegado a considerarlo como un vacío legal que permite a "otros" países avanzar sin trabas por la senda nuclear”.

Años antes, cuando no muchas voces críticas se oponían a la apuesta nuclear española, en aquellos años aún incipiente, Manuel Sacristán, en “Realismo fantasmagórico”, un breve escrito publicado a mediados de 1982 pero que probablemente fuera escrito algunos meses antes, señalaba: “En un editorial de se verano (15/8/1980) La Vanguardia comentaba que Austria ha vendido al gobierno del general Pinochet un centenar de cañones anticarro autopropulsados Kürassier. El periódico recordaba que Austria está regida por socialdemócratas, estimaba la importancia económica de la operación y pasaba a una aplicación hispánica de la sabiduría así adquirida: “Según datos prácticamente oficiales, la industria militar de España proporciona setenta mil puestos de trabajo”. Consiguientemente, hay que aplaudir el proyecto del Ministerio de Defensa de “potenciar la industria de armamentos”. Ahora bien: en ese potenciamiento “las exportaciones [de armas] juegan un papel importante”. Y en este punto empiezan las preocupaciones del editorialista: “Lo malo ahora”, prosigue, “es que cada vez que es detectado el embarque de unas docenas de pistolas a otro hemisferio hay quien pone el grito en el cielo”. Pistolas: por lo menos no ha escrito “tirachinas”. Lo que el editorialista tiene presente (aunque su discreción le impide decirlo) es la débil protesta provocada por la venta de cañones alemanes RH202 a la dictadura de Videla a través de la Fábrica Nacional de Armas de Oviedo, así como por los servicios de encubrimiento prestados por la empresa Barreiros al gobierno de la República Sudafricana también a propósito de armas alemanas”.

El articulista, proseguía el autor de Panfletos y materiales, tenía una idea ya entonces ligeramente anacrónica de las protestas que puede provocar la exportación de armamento español a los naturales destinatarios de esas operaciones, las tiranías del mundo occidental. Escribía así: “Quienes [protestan] en aras de unos principios que, no por respetables y nobles que sean, dejan de resultar, hoy por hoy, etéreos, serán los primeros, al día siguiente, en reivindicar subidas salariales y en pedir milagros para que aparezcan más puestos de trabajo”. Sacristán comentaba: “En una cosa esas palabras aciertan del todo: el ánimo conservador, tan amigo de presentarse como idealista y espiritualista, piensa, de hecho, que los principios son niebla etérea, al lado de la sólidas realidad, que son los negocios. En cuanto a la crítica que dirige al movimiento obrero tradicional, el editorialista se funda en experiencia antigua., a saber, en la tendencia de partidos y sindicatos a someterse a las compatibilidades del sistema capitalista y su dinámica, pero sin dejar de reclamar, como cualquier otro sector del sistema, mejor participación en éste, ya por ignorancia de la contradicción en que así se sitúan a veces, ya por hábito de disfrute de rentas imperiales”.

Lo malo, “lo malo para nosotros, y lo bueno para él” matizaba Sacristán, era que el editorialista estaba pensando según un esquema caducado. “Ya hoy no debería temer tanta protesta, ni de las organizaciones mayoritarias del movimiento obrero occidental –no ha habido protestas obreras dignas de nota ni en Alemania ni en Austria contra las exportaciones mencionadas- ni tampoco de ambientes que en otros tiempos fueron más o menos representativos del progresismo en muchos lugares”. En España, sin ir más lejos, proseguía Sacristán. Era de ese mismo verano de principios de los ochenta un editorial de El País condenando medidas previstas por el Ayuntamiento de Madrid para reducir la circulación de automóviles privados por la ciudad. Según el editorialista, antes de cualquier restricción del automovilismo particular urbano se tiene que contar con un buen servicio público de transportes.

Era de suponer que ese realismo creyera obedecer a imperativos naturales, o técnicos cuando menos. “Si se limita la circulación de automóviles privados por la ciudad, se paralizará la actividad económica, vendría a decir el editorialista de El País porque faltarán a su trabajo los muchos trabajadores madrileños que solo pueden llega a él en automóvil particular”. Sin embargo, aun en el supuesto de que esas consideraciones fueran acertadas, habría que añadirles, apuntaba Sacristán, “al menos, el dato contrapuesto que determina la irresolubilidad del problema por medios continuistas: el autobús no podrá pasar nunca “cada tres minutos” mientras la ciudad siga invadida por la riada de automóviles particulares”.

Sacristán construía a continuación una muy actual reflexión sobre el realismo.

El realismo de los que fueron progres era la aceptación de la realidad ahora dada. Si uno dejaba la mirada fija “en ese asunto de los dos grandes ayuntamientos, puede parecerle que la cosa sea de poca importancia y que no merezca atención”. No era así. “El realismo de estas actitudes, que puede y suele encubrirse con ironías y desplantes populistas, es un indicio más del imperio creciente del pensamiento conservador”. Era el mismo realismo de la política realista, de buen sentido y correcta administración, que había llevado ya “a cada ser humano a disponer del equivalente de tres mil quilos de explosivo convencional para que lo vuelen. En aras de un sentido nada etéreo de la realidad”.

En ese plan de cosas mayores, un ex-progre barcelonés presentaba “uno de los ejemplos mas bonitos -como diría un anátomo-patólogo- de completa inserción en el razonamiento de la insania realista. Preguntado sobre la cuestión de las centrales nucleares, el arquitecto Ricardo Bofill contesta que son inevitables y, moviéndose como pez en el agua en la realidad que él, hombre competente, “ha estudiado” (y, además, “en Francia”) ofrece una buena solución realista para catalanes: “yo he estudiado el tema en Francia y he visitado centrales. Y, para los catalanes, creo que, ya que las centrales son inevitables, lo mejor sería colocarlas en Soria, o al otro lado de los Pirineos” (El Correo catalán, 11/9/1980).

Sacristán concluía con mucho pesimismo en la inteligencia: “El editorialista de La Vanguardia es demasiado pesimista; no se ha dado cuenta de que ya casi no tiene que temer protestas ni contra la exportación de armamentos ni contra nada propio de esta realidad. El movimiento obrero, a golpes de crisis y de dirigentes socialdemócratas, no está para muchos trotes; y lo que fuera progresía -que nunca fue ser mucho, todo hay que decirlo- se disipa en el horizonte conservador del realismo, de la aceptación de la mala realidad”.

Contra ese realismo fantasmagórico, contra esta perversión poliética y epistémica del sano y necesario realismo político, siempre se manifestó el autor de Pacifismo, ecologismo y político , y uno de los más grandes animadores del movimiento antinuclear catalán y español.

PS: Un asunto que no suele ser citado y que ha destacado Helen Caldicott en “Ataque de los apólogos nucleares. Peligrosa equivocación sobre la radiación nuclear” (CounterPunch, traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens) [2] y que también ha recordado Eduard Rodríguez Farré.

En los primeros días de la energía nuclear, hace más de medio siglo, la OMS publicó declaraciones expresas sobre los riesgos de las radiaciones. Esta advertencia, por ejemplo, data de 1956: “El patrimonio genético es la propiedad más preciosa de los seres humanos. Determina las vidas de nuestra progenie, la salud y el desarrollo armonioso de futuras generaciones. Como expertos, afirmamos que la salud de futuras generaciones es amenazada por el aumento del desarrollo de la industria atómica y las fuentes de radiación… También creemos que nuevas mutaciones que ocurren en seres humanos son dañinas para ellos y para su descendencia”. Después de 1959, la OMS no hizo más declaraciones sobre la salud y la radioactividad. ¿Qué pasó?

El 28 de mayo de 1959, en la 12ª Asamblea Mundial de la Salud, la OMS llegó a un acuerdo con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), un escrito que dice así en uno de sus puntos: “Siempre que cualquiera de ambas organizaciones tenga el propósito de iniciar un programa o actividad relativo a una materia en que la otra organización esté o pueda estar fundamentalmente interesada, la primera consultará a la segunda a fin de resolver la cuestión de común acuerdo”. La OMS otorga, pues, a la OIEA derecho de aprobación previa a cualquier investigación que quiera emprender. No es poca cosa.

La OIEA, recuerda Helen Caldicott, es un grupo que mucha gente, incluidos muchos periodistas, piensa que es una autoridad protectora. No es el caso. En realidad, es una institución defensora de la industria de la energía nuclear. Así, los estatutos del OIEA señalan: “El Organismo procurará acelerar y aumentar la contribución de la energía atómica a la paz, la salud y la prosperidad en el mundo entero.”

Notas:
[1] Apareció publicado en el número 5 de mientras tanto y ha sido reimpreso posteriormente en Pacifismo, ecología y política alternativa, Icaria, Barcelona, pp. 93-95.
[2] http://www.rebelion.org/noticia.php...

Fuente original: Rebelión

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