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Bill Ayers y Bernardine Dohrn, fugitivos del FBI durante 11 años por sus actividades dentro de la organización norteamericana "The Weather Underground", visitan Madrid

Viernes 24 de octubre de 2014. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Madrid, 23 de octubre de 2014.“No necesitas a un hombre del tiempo para saber en qué dirección sopla el viento”, reza una de las estrofas del clásico de Bob Dylan Subterranean Homesick Blues. En ella se inspiraron activistas como Bernardine Dohrn y Bill Ayers, fundadores de “The Weathermen”. Esta organización estadounidense nació de una facción radical surgida del movimiento Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS, por sus siglas en inglés), que lideraba las movilizaciones pacifistas contra la Guerra de Vietnam. Ambos están estos días de gira en España, presentando los libros Enseñar, un viaje en cómic (Editorial Morata, 2014) y Días de Fuga (Hoja de Lata Editorial, 2014).

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Según explica Ayers, en 1968 el movimiento contra la intervención militar de EEUU en Vietnam “entra en crisis porque aun habiendo conseguido convencer a la gente de que la guerra está mal, somos conscientes de que la guerra no va a terminar”. Por eso, añade Dohrn, decidieron “llevar la guerra a quien hacía la guerra”. Bring the war home fue uno de sus lemas más sonados tras la declaración de guerra al gobierno de Nixon en 1970. De esta forma, el grupo reformula su planteamiento, pasa a llamarse “The Weather Underground” y, desde la clandestinidad, hostiga al gobierno de los Estados Unidos con sabotajes y ataques con bombas en edificios públicos, algunos de ellos contra instituciones como el Capitolio o el Pentágono. Pretendían terminar así con “un genocidio que en Vietnam estaba matando a 6.000 personas a la semana”, así como “con la represión que el gobierno ejercía contra los negros” dentro del territorio nacional. En opinión de Ayers, consiguieron, a través de “actos de destrucción de la propiedad privada”, demostrar “que la potencia militar más importante del mundo era, al mismo tiempo, vulnerable”. Algo que, asegura, “también estaban demostrando los vietnamitas”.

En aquellos años, según Dohrn, “se llevaron a cabo unos 20.000 actos contra la propiedad privada relacionados con esta protesta. Por su parte, los Weatherman realizaron no mas de 15”. Con estos datos quieren explicar que se trató de una “respuesta anarquista, generalizada y no centralizada”. Como ejemplo, Dohrn recuerda las acciones de monjas y curas, “rompiendo y quemando los papeles de reclutamiento”, y por las cuales se convirtieron también en fugitivos.

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Como ella, que pasó 11 años en la clandestinidad, 3 de ellos ocupando el número 10 de la lista de los más buscados por el FBI. Lo peor de aquella etapa, “no poder ver a la familia”. Asegura, sin embargo -y sin dudarlo- que mereció la pena. “Hay que marcarse una meta, pero el hecho de no conseguirla no puede ser interpretada como una derrota. El camino debe ser ir concienciando cada vez a más y más gente, para que algún día la represión, el racismo y las injusticias dejen de existir”.

"La educación y la justicia social están muy ligadas”

Durante su encarcelamiento por participar en alguna de las acciones de sabotaje más arriba mencionadas, Ayers conoció a miembros de un colectivo que trabajaba en el ámbito de la educación libertaria. “Así, estando en prisión, conseguí mi primer empleo como profesor”, bromea el ahora pedagogo. Hoy es uno de los principales teóricos de la educación alternativa a nivel mundial y asegura que fue en el desempeño de aquel trabajo cuando descubrió que “la educación y la justicia social están muy ligadas”. En la misma línea, Bernardine Dohrn, que actualmente es profesora asociada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Northwestern (Illinois), considera que “hay muchos caminos que llevan al activismo social, pero todos pasan por la educación, el aprendizaje y el conocimiento”.

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Ayers defiende la educación libertaria y al mismo tiempo la educación pública “para que [la pública] alcance su máxima capacidad”, pero no confía en que “llegue alguna vez a estar liberada del control del Estado”. Ésta es, en su opinión, “una contradicción indisoluble”. Dohrn apunta que “por lo menos, podemos intentar tener un sistema educativo sin ganadores y perdedores, en el que todo el mundo tenga la posibilidad de sacar lo mejor de sí mismo”. La profesora señala que “no tenemos más que fijarnos en el modelo educativo que el presidente elige para sus hijos: pocos alumnos, profesores bien formados y bien remunerados, clases de arte, bibliotecas y deporte”. Si los niños descubren que son buenos en algo, asegura Dhorn, “tienen más capacidades para mejorar en otras cosas”.

Ayers insiste en la importancia de tomar conciencia de que “la educación es algo que ocupa toda tu vida, porque de esta forma comprenderemos que somos parte de la historia, y que lo que hagamos o dejemos de hacer marcará la diferencia”. Por eso apuesta por un modelo educativo similar al venezolano, en el que “la educación para adultos es tan importante como la de los niños”. ¿Por qué cerrar las escuelas a las tres de la tarde?, se pregunta. “Si no luchamos por esto, estamos degradando la democracia”, sentencia. Frente a posturas tecnócratas, Dhorn defiende -parafraseando a Dylan- que “la gente que sufre los problemas es también la más capaz de encontrar las soluciones”.

La receta que Bill Ayers recomienda a día de hoy consiste en “abrir los ojos ante el mundo para comprender su complejidad; cultivar la capacidad de sentirse perplejo ante el sufrimiento del ser humano pero también ante la belleza de la vida, de la naturaleza y del amor; actuar. Hacer algo. Lo que sea.Y siempre dudar, cuestionarse y replantearse lo que se está haciendo porque, de lo contrario, uno se convierte en un ser dogmático y arrogante”.

Aplicando esta receta, Bernardine Dorhn reflexiona y reconoce como error propio el “haber asumido y utilizado en exceso el lenguaje de la guerra sin ser conscientes de la verdadera crudeza de la guerra”. La activista lo achaca al hecho de que empatizaran “con las guerras contra el colonialismo que se libraban en aquel momento en África y América Latina”. Asegura que, de su vida como activista, lo único que cambiaría es “el haber actuado de manera dogmática con sus compañeros, antes de decidir pasar a la clandestinidad. A veces estamos tan convencidos de algo que no nos damos cuenta de que hay muchas formas posibles de hacer una misma cosa. No hay una única receta. Y, sin embargo, nos enfrentamos entre nosotros, nos dividimos, y herimos los sentimientos de unos y otros”.

Amigos de Obama

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Durante la campaña de las elecciones presidenciales de 2008 en Estados Unidos, algunos medios dijeron de Obama que era un radical, asociándolo a la imagen de Bill Ayers y Bernardine Dohrn. A este respecto, Ayers aclara que efectivamente fueron vecinos, y que ambos conocen tanto al actual presidente de los Estados Unidos como a la primera dama.“Obama era un activista local antes de emprender su carrera política”, dice Ayers, que confiesa que siempre comentó con su compañera Bernardine que se trataba de “una persona de gran corazón que además estaba muy preparada, pero que era muy ambicioso”. Pensaban, explica el pedagogo, “que quería acceder a la alcaldía de Chicago”.“Jamás imaginamos que su ambición sería tan grande”, bromea Bernardine Dhorn.

“Hay mucha gente que pasa el tiempo mirando a la Casa Blanca, a los grandes focos de poder. Un poder al que no tenemos acceso, sin darse cuenta de que sí lo tenemos a las universidades o a los espacios públicos de ámbito local, y sin tomar en consideración el hecho de que los grandes cambios vienen desde abajo”, dice Ayers, que por esta misma razón sentencia: “debemos tomar el poder al que tenemos acceso”. Por su parte, Dohrn celebra que en su país se estén dando movimientos que “empiezan a colocar a candidatos progresistas a escala local”, para combatir la “combinación fatal que suponen el declive político y el hecho de ser una de las mayores potencias militares del mundo”.

Fuente: DISOPress

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