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1976-79: la Asamblea de Errenteria-Orereta

Martes 7 de junio de 2011. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Una experiencia de Asambleas Populares en la Transición

Los que hemos tenido la suerte de vivir y luchar en Errenteria-Orereta en aquellos esperanzadores años de la caída de la dictadura y el inicio de la transición política, desbordando límites que en otros sitios eran contenidos o encauzados en aras de los pactos y los consensos, no hacíamos más que desvelar problemas y contradicciones que existían en toda Euskal Herria e incluso en buena parte del Estado. Y lo hacíamos interrelacionando experiencias, planteando reivindicaciones que para satisfacerlas requerían cambiar la correlación de fuerzas sociales y políticas, insertas en nuestro caso en una dinámica política fuertemente marcada por la lucha por conquistar nuestra soberanía política.

Podemos afirmar hoy que sin las trágicas Semanas pro-Amnistía, los presos que ellos consideraban manchados por «delitos de sangre» -los militantes de ETA, pues los criminales golpistas de la guerra civil seguían siendo honorables padres de la patria- seguirían en las cárceles o en el destierro.
En los momentos álgidos del movimiento por las libertades políticas y la liberación de los presos politicos, fuimos la punta de lanza de muchas de las experiencias realizadas, a semejanza de lo que supuso Gasteiz para las luchas estrictamente obreras. En momentos de reflujo, supimos resistir más tiempo y con más dureza que en otros sitios. Sin embargo, como producto que éramos de la situación política general, teníamos unos límites. Las distintas partes de esta crónica, sobre todo en algunos de sus capítulos, reflejan esa realidad que se complejizó en extremo tras el 15 de Junio de 1977: nacimiento de la era parlamentaria -nudo gordiano de la transición política- la política de grandes pactos, la cultura del consenso y demás estrategias para domesticar a la clase obrera y a Euskal Herria.

La Asamblea de Errenteria-Orereta fue un organismo vivo, que variaba según circunstancias, en su composición y naturaleza.

Podríamos distinguir dos tipos de asambleas:

  1. cuando a ella acudían, además de una masa impresionante de gente, casi todos los representantes de las distintos sectores sociales de Orereta (los partidos con presencia real y voluntad de lucha, representantes de barrios y fabricas, un buen número de comerciantes que querían todos ellos participar de pleno derecho en la marcha de los acontecimientos)
  2. cuando se convertía en el lugar de encuentro de mucha gente, además de la «borrokada» de Orereta (y de los pueblos colindantes), con capacidad de dirigir y propiciar una lucha, pero sin contar en su seno con las diferentes opiniones existentes en el pueblo.

Una huelga general puede ser el producto del compromiso práctico de la mayoría, pero también producto del empuje de una minoría importante que marca al resto la pauta a seguir, aunque lo hagan sólo medio convencidos, renqueantes o porque no les queda más remedio.
La Asamblea de Orereta propició esos dos modelos de Huelga General y sus variantes, que tenían algo de cada una de ellas.
Y por supuesto, también era diferente cuando la asamblea se convertía en lugar de encuentro de una parte muy pequeña del pueblo, que se reunía para una determinada pelea o debate. Durante cuatro años, la Asamblea fue contrapoder popular; órgano de coordinación y debate; o también punto de partidos de una movilización. En las grandes ocasiones agrupábamos a seis o siete mil personas; otras veces dos o tres mil, y otras sólo unos cientos. Lo cual para hacer una manifestación o desarrollar un debate de contenido, tampoco está mal. ¿Cuántas asambleas se hicieron a la largo de cuatro años? No creo que nadie lo sepa, pero puedo afirmar que muchas. Hubo temporadas en que una hacíamos una al mes, otras una a la semana, y semanas de asamblea diaria. Cuando había una huelga, mañana y tarde.

Normalmente, la asamblea se dotaba de un moderador que dirigía su funcionamiento. Indicaba el orden del día, los temas a tratar, y los sometía a votación. A partir de ahí ordenaba las intervenciones y se encargaba de señalar lo que quedaba como debate abierto y lo que se sometía a aprobación. Normalmente, se utilizaba el euskara y el castellano.

Toda asamblea tenía tres partes:

  1. Información. Si era una huelga, los delegados de empresa informaban del estado de la misma, y determinada gente lo hacía con respecto a movidas de la policia, comentarios de prensa etc. Si se trataba de una convocatoria de lucha, o una manifestación, se informaba de las razones de la misma.
  2. Debate. Podía versar, sobre el contenido de la convocatoria -la amnistía, la huelga del metal, la central nuclear de Lemoiz, la represión, la situación de los barrios...- o tomar derroteros más generales, -la autodeterminación y la independencia, la situación política, la homosexualidad, la opresión de la mujer, el euskara, urbanismo, lo nuclear, etc-. Se abría el turno de palabras, reguladas desde el moderador, y cada cual intervenía según su criterio y capacidad de enrolle. Si se pasaba en el tiempo, los propios participantes se encargaban de llamarle la atención.
  3. Toma de decisiones. El moderador explicaba qué se votaba, y a continuación se hacía a mano alzada. El resultado se medía a ojo de buen cubero, y en caso de duda se contaba. El objeto de resolución podía ser: el tipo de huelga, la continuidad o final de la misma; distintas propuestas de movilización; temas como el tipo de autodefensa; pronunciamientos diversos a favor de determinadas consignas o ideas: cuerpos represivos, independencia, lucha armada, etc.

La duración de las asambleas no siempre era la misma, pero cuando había materia, duraba entre hora y media y dos horas.

Aunque las crónicas den a veces la impresión de configurar un único movimiento asambleario, esto no es así, y no sólo por las divisiones y enfrentamientos internos, sino por el cambio de naturaleza de la misma asamblea.
En su primera época, lo que va desde el verano del 76 a Junio del 77, la Asamblea, las manifestaciones, las consignas, la relación fábricas-barrios, diversos organismos del movimiento, expresaban una realidad fuertemente unitaria, una tendencia fuerte a organizarse, a coordinarse mediante formas de autoorganización directa, a la lucha generalizada, a la preocupación por los grandes problemas politicos y sociales, y sobre todo a la liquidación de los últimos restos de la dictadura. El hecho de que asociaciones de comerciantes, organismos de barrios y fábricas, se reconociesen en la Asamblea popular y trasladase allí sus preocupaciones y problemas es una muestra de esa realidad.
El movimiento obrero se encontraba pletórico de energía, corrientes unitarias traspasaban su seno a pasar de la diversidad de opciones organizativas. La fuerte dinámica de afiliación sindical iba pareja al fortalecimiento del movimiento autoorganizativo, asambleario. La organización estable y la autoorganización directa se entendía como complementos para la lucha diaria y para las grandes batallas contra la burguesía y los restos de la dictadura.
Dentro de ese movimiento se discutía sobre alternativas globales: la depuración del aparato de la dictadura, y sobre todo, sobre los cuerpos de represión del Estado. Tras 40 años de dictadura -asesina y furibundamente antivasca-, el potente despertar nacional de Euskal Herria se asociaba al elementalisimo derecho a autodeterminarse, a autogobernarse, aunque estos conceptos no tuviesen una proyección programática muy clara. Hasta los partidos hoy más rácanos a este nivel se veían obligados a asumir consignas como autodeterminación, Nafarroa Euskal Herria da!, etc., en Aberri Egunas y programas politicos.
La Amnistía -consigna que unificó tras sí al más poderoso movimiento de masas que acompañó la caída de la dictadura- era asumida por todos los sectores de la población. El propio partido gubernamental, si bien ponía limites a la misma -el de los llamados «delitos de sangre»-, no tenía más remedio que aceptarla si quería hacer creíble su «voluntad democrática». Ello explica la amplitud de las movilizaciones, su carácter globalizador. Eso sí, desde la Asamblea se discutía cómo entender la Amnistía, que esta no se limitase a la pura salida de los presos politicos, sino que supusiese también para otros colectivos, y sobre todo, un cambio en las propias leyes y comportamiento del estado.

Pero ese movimiento tenía problemas: algunos de ellos producto de una inevitable «etapicidad», otros derivadas del carácter de las direcciones mayoritarias en quienes el movimiento confiaba a escala más general. Esos límites también se dejaron sentir en Orercta, y a la larga demostraron ser como corazas de bronce, por mucho que durante bastante tiempo fuimos capaces de resquebrajadas, de perforarlas.
Las duras condiciones de la lucha antifranquista habían generado poderosas influencias radicales en el terreno de los métodos de lucha y en las convicciones democráticas. Unas y otras se integraban en el pujante movimiento asambleario: la acción directa de miles de personas se fundamentaba en métodos de organización directa y en formas de decisión directa. Pero esta dinámica «consejista-sovietista-asamblearia» -dejo a gusto de cada cual la denominación a adjudicar- se entremezclará con aspiraciones electorales elementales, con deseos de democracia representativa (cosa lógica por otra parte tras cuarenta años de imposibilidad de elegir representantes politicos). No se trataba, evidentemente, de una dinámica «sovietista» aderezada con elementos de democracia representativa a escala global. Correspondía más bien a una etapa de democracia radical para la acción -no para el poder, ni siquiera para ejercer el poder local- en un marco general de advenimiento de una democracia parlamentaria a escala general del Estado.
La propia clase obrera, poderosa y socialmente condicionante en la calle, bastante bien coordinada y representada a niveles de autoorganización asamblearia y de comités de coordinación inter-empresarial, fue incapaz de proyectarse a escala global y popular, y sobre todo, incapaz de conquistar una independencia de criterios respecto a la burguesía. Pactos coma los de la Moncloa la destrozaron políticamente.
Los reformistas y colaboracionistas presentes en su seno -poderosos sobre todo fuera de Euskal Herria- supieron aprovecharse de esas deficiencias para anularla políticamente.
Y la burguesía -que cuenta con poderosas direcciones, con años de experiencia estatal e internacional- supo salir rápidamente de su fase de titubeo, aprovechando la ocasión que le presentaron en bandeja. Había aprendido entre otras cosas, de los recientes acontecimientos de la vecina Portugal: mejor cambiar a tiempo que arriesgarse a ver cómo entraban en crisis sus aparatos represivos.
En nuestro propio ámbito de Euskal Herria, al calor de la desesperada búsqueda por parte del poder de interlocutores vascos sensatos y dispuestos a pactar, despertó el viejo PNV, quien con extraordinaria capacidad de remozamiento, se lanzó a organizar y reagrupar bajo las alas del jelkidismo a la gran familia nacionalista. En ese afán no renunció a cuantas escaramuzas consideró necesario realizar para neutralizar y dispersar los procesos de lucha y de radicalización existente.

Consumada la santa alianza. Desde el gobierno central, desde la familia nacionalista tradicional y desde el reformismo socialista y comunista, se dedicaron a apagar todo conato de resistencia que escapase a su control. Demasiado para nuestras limitadas fuerzas.
Se siguió luchando. Pero ya no era lo mismo. Tras el 15 de Junio de 1977 la cosa cambió. El parlamento a escala Estatal, la Constitución del Consejo General Vasco, las gestoras municipales formadas por partidos politicos, alteraron la situación política. También en Errenteria-Orereta, y por tanto también la propia Asamblea popular. Seguimos arropando a miles de personas, pero ya no representábamos a mucha de la gente que antes tampoco acudía, pero que nos veía como su Asamblea. Ahora confiaban también en el Ayuntamiento, en otras instancias, o por lo menos tenían sus dudas, su corazón dividido.
Seguíamos siendo una asamblea democrática, lo cual no significa ausencia de sectarismo y tensiones de todo tipo, de autooganización de la lucha. En cierto sentido también un contrapoder, como se demostró en las cuestiones de urbanismo, o en la Huelga General de Julio del 78, capaces de arrastrar al pueblo y las fábricas, de ganar el test de la ,movilización a las fuerzas agrupadas en el Ayuntamiento. Pero había pasado la época consejista.
A partir de ese momento, la cosa no fue lo mismo, aunque en ciertos aspectos fuese parecido. Seguimos siendo parte de la excepción que todavía existía en Euskal Hernia. Orereta, un pueblo borroka, que aportó miles de personas a la lucha anti-nuclear, que generó movilizaciones feministas, que fue capaz de rebelarse contra el asesinato de un homosexual, etc., que tenía en la Asamblea su centro organizador.

Hoy nos queda el recuerdo y la experiencia de aquella Asamblea de Pueblo de Orereta que se reclamaba de lo más glorioso de la lucha anti-franquista, pero que aspiraba ir a más. Que aspiraba a disfrutar de una democracia que garantizase la libertad, igualdad y fraternidad de sus ciudadan@s. Algo bien diferente a esta pretendida «democracia» donde la libertad siempre está condicionada y nunca garantizada; donde la igualdad no existe para la mayoría, y donde la fraternidad ha sido asesinada por la insolidaridad y la competitividad alentada desde el más salvaje neoliberalismo.
Luchábamos -y seguimos luchando- por una democracia que se fundamentase en el reconocimiento del derecho de autodeterminación para Euskal Herria; que diese voz y oportunidad al euskara y los euskaldunes, capacidad de autogobierno para decidir libremente nuestro destino.
Queríamos una sociedad igualitaria, donde no se explote al trabajador, ni se margine al que carece de empleo. Una sociedad donde nadie sea discriminado en razón de su sexo, raza, o creencia religiosa. Francamente desmilitarizada, sin policías obsesionados en controlar al ciudadano y agobiar a la juventud. Soñábamos con la recuperación del ecosistema y con una Orereta habitable, y no esta imparable degradación a manos de especuladores y gobernantes sin escrúpulos.
Visto lo visto, lo mismo que ayer, hoy no faltan razones para seguir luchando. Aunque cueste, aunque sea bien fatigoso. Los conformistas nunca cambian nada. Los razonables tampoco. Corresponde a los rebeldes, aunque muchas veces no vean hechos realidad sus sueños, el privilegio de abrir el camino, de caminar por el estrecho filo de lo incierto.

Jaioko dira berriak! diría nuestro más representativo bertsolari. Ciertamente, el relevo está en las nuevas generaciones. Y en las que les sustituirán. No sé si éstas se dotarán de algo similar a lo que fue nuestra Asamblea, y si lucharán a la manera que lo hicimos nosotros. Sólo les deseo que sean capaces de caminar sin descanso y con pisada fuerte, que es la única forma de hacer camino. Nosotros les dejamos el nuestro a medio hacer, como casi siempre ocurre, para que vean lo que de él encuentran válido.

Fuente: Viento Sur

P.-S.

Este artículo es el epilogo del libro: Orereta, historia de un pueblo rebelde, escrito por Joxe Iriarte “ Bikila” y Luis Elberdin. El 15-M ha supuesto un renacer de las asambleas populares. Conocer el pasado puede ayudar a comprender mejor el presente. J. I. Bikila

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